Se sentaba todos los días en la misma banca de siempre, esperando a verla llegar, como cada mañana, al mismo puesto de frutas de siempre. Un jugo de toronja con limón y papaya solía pedirse pero a él le parecía que aquel par de toronjas podían saber mucho mejor que cualquier preparado de frutas tropicales.
Allá llega ella, con esa esplendida figura que sostiene un par de piernas color zanahoria que se antojan a comer poco a poco de la raíz a la punta. Para él, la mejor hora del día, lo demás es un simple y llano relleno salvo cuando llega la tarde y su imaginación se dispara en un sonido personal de placeres ocultos en la intimidad de su habitación al recordar el movimiento de esas curvas relamidas que se estrujan como sandias en la claridad de la mañana.
Y así, soñando despierto, pasaba los días añorando esa cálida sonrisa de cereza sabor caña de azúcar salpicar sus propios frutos sin perderse una sola entrevista culinaria. Jamás se planteo el acercarse, ¿para qué? después de todo ¿quién era él? Tan solo una sombra más detrás de la cortina que pintaba el bananero y la raíz de los cipreses de la plaza. ¡No! Para que arriesgarse a perder ese lindo recorrido tan perfecto que hasta ahora ha cubierto con la ayuda de un suspiro diario y de regar con un sueño cada una de sus limitaciones. Siempre lo supo, esa hembra no era para él. -Si vuelas demasiado alto la caída puede ser mortal-, se decía.
Lo tenía más que claro, ese coctel de frutas tan perfecto le quedaba demasiado alto y muy caro para podérselo costear, sin embargo, la hija del frutero era otra cosa, con ciruelas en vez de melones y papayas en vez de sandias además de un par de pasas adornándole la nariz de cacahuate pero con una sonrisa de aguachirri que le resultaba pura e inocente, ya le había hecho ver con la mirada que aquel plato de segunda podía disfrutarse a tocateja.
-Ya estoy en edad de merecer-, se dijo así mismo y comenzó a cortejar a la dama de aquel castillo tropical mientras que la princesa de la plaza, aun robándole el aliento, se dejaba todos los días el mismo aroma de satín y seda en las losetas de la calle.
Un día sin más se casaron en un puente de marzo, los jardines se adornaron con el furor de la primavera y todo el mundo se congrego para disfrutar de un buen banquete. A la mañana siguiente el padre dijo. –Hija yo ya estoy viejo, hazte cargo del changarro ahora que tus manos se han multiplicado-, y así fue. A la semana siguiente todo el pueblo se acerco a la plaza a dar la enhorabuena a la joven pareja en su primer día en la plaza; las felicitaciones flotaban con el hedor del mamey y los granitos de coco esparcidos por el nuevo encargado. Todo fue dicha y sabor hasta que a lo lejos se vislumbro aquella figura tan perfecta que le había llevado a aquel parque. Le flaquearon las fuerzas y le chasquearon los dedos como cascanueces al escuchar de viva voz el pedido que conocía de memoria desde hace ya algunos meses. En ese momento el tiempo se detuvo, las calles parecieron desiertas y el parque quedo en el centro del universo. Suspiro y suspiro hasta que se dio cuenta de que aquellas tardes solitarias recordando su sonrisa y sus ojos de almendra habían terminado. Le dio las gracias y la vio alejarse; después de tanto tiempo fue lo único que escucho decirle. No la volvió a ver.
Por su parte ella, desilusionada, se alejo de prisa con más rabia que gula sin entender como es que llevaba tanto tiempo yendo al mismo parque tan solo para verle. -Vaya suerte tiene la hija del frutero-. Se dijo así misma y nunca volvió.
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